Inteligencia artificial y computación cuántica

Eva Bruch 17 octubre de 2016

Leía este fin de semana un artículo sobre computación cuántica de Peter Diamandis. Peter es el co-fundador de Human Longevity y profesor en la Singularity University y su artículo me recordó varias de las cosas que el Dr. Mateo Valero de Barcelona Supercomputing Center y del Centro Nacional de Computación nos explicó en una de la reuniones de Inkietos. Si hay algo de lo que no cabe duda después de leer a Peter y de escuchar a Mateo es que en un periodo razonablemente corto de tiempo tendremos ordenadores con una capacidad casi inimaginable para procesar datos.

En el artículo de Peter se detallan algunas de las aplicaciones prácticas de esta supercapacidad de proceso que aporta la computación cuántica. Una de ellas es potenciar de forma exponencial el “machine learning”, una de las aplicaciones de inteligencia artificial utilizadas ya por varios software tecnológicos del sector jurídico como KIM (integrado en su sistema de gestión de expedientes y procesos) o Kira Systems (utilizable de forma autónoma o complementaria a otros sistemas tecnológicos del despacho) entre otras aplicaciones como Ravn, Watson, Neota Logic, etc.

¿Por qué utilizar la inteligencia artificial en el despacho?

El estéril debate sobre la sustitución del abogado por robots o sistemas tecnológicos avanzados que realicen su trabajo no permite ver el auténtico valor que estas soluciones aportan y es que, por mucho que nos empecinemos en decir que nuestro trabajo consiste en estudiar y recomendar soluciones a los clientes, la realidad es que este proceso de estudio, normalmente, no se hace “ad hoc” para todos ellos. En muchos casos, del estudio y asesoramiento inicial de un tema se crean servicios, lo que se conoce como desarrollo de negocio, cuyo principal objetivo esta en maximizar el rendimiento de aquel asesoramiento previo.

Obtener el máximo provecho de un asesoramiento supone vender repetidamente ese servicio jurídico, empleando el tiempo justo y necesario para prestarlo y asegurando que con la experiencia, al disminuir la curva de aprendizaje, disminuya también el tiempo de ejecución del servicio hasta llegar a un punto de eficiencia máxima. De esta manera se aumenta el margen de beneficio con cada nueva venta hasta quedar fijado en un determinado nivel al alcanzar esta máxima eficiencia. Son los llamados productos vaca en el argot marketiniano. Llega un momento en que ese producto es copiado por la competencia, disminuye su precio debido al incremento de la oferta, y ya no resulta tan rentable. Es el momento de buscar otro. Si el despacho tiene bien engrasada la maquinaria de I+D, tendrá varios productos de este tipo e irá buscando nuevos de forma constante que sustituyan los que o bien pierden mucha rentabilidad o bien tenían una vida predeterminada.

Así es como ganan dinero la mayoría de los despachos. Otros, los muy especializados o boutiques, se caracterizan por llevar asuntos muy complejos que requieren de concienzudos análisis estratégicos con pocas posibilidades de ser replicados. De estos hay pocos, muy pocos.

Los despachos grandes, tanto por el número de abogados y profesionales que pueden destinar a un asunto como por su capacidad de atracción de talento, pueden realizar ambos tipos de operaciones siendo las descritas en segundo lugar las que les aportan prestigio y visibilidad en el mercado y las primeras las que financian la mayor parte del coste de su estructura.

Para este tipo de operaciones, las recurrentes, es importante ampliar el margen de beneficio y para ello existen varias técnicas: la más tradicional, la mejora continua de procesos y, ahora también el uso de sistemas tecnológicos avanzados como la inteligencia artificial, que reducen el tiempo de prestación del servicio sin comprometer la calidad. Este es el motivo principal por el que varios despachos y consultoras (Deloitte, KMPG, Dentons, Slaughter & May, Clifford Chance, DLA o Freshfields entre muchos otros) están utilizando este tipo de tecnologías.

Los despachos enzarzados en defender un modelo ancestral, pero caduco, de prestación de servicios jurídicos probablemente estarán perdiendo terreno frente a competidores de mente más abierta que destinen una parte de su tiempo a mejorar la gestión interna de su negocio y estudiar la forma en que la tecnología actual, en cualesquiera de sus muchas formas, puede ayudarle a ampliar sus beneficios. La tecnología basada en algoritmos de inteligencia artificial, a pesar de lo poco que su nombre ayuda, no son más que avances tecnológicos al servicio, en este caso de los abogados, para lograrlo.

Esta tecnología, ahora, es la inteligencia artificial, pero en pocos años hablaremos de computación cuántica.



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